Faith, hope and love.

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Lately, I have been reading Viktor Emil Frank’s best-selling book entitled Man’s Search for Meaning. Frank is an Austrian neurologist and psychiatrist who survived the unmatched evils of the Holocaust. Some particular phrases that stood out to me include for example:

“The best of us didn’t come back”.

“Step by step we get us used to accept an enormous and terrible fear”.

“Once hope is lost, rarely it will be recovered”.

I never understand why it is so complicated for human beings to have compassion towards one another, why is it so complicated to steer clear of evil and instead act with love? Have you watched Tashi and the Monk? This is a documentary about the orphanage Jhamtse Gatsal Children´s Community.

Lobsang Phuntsok is a Buddhist monk who manages this little school. Each day, over eighty children learn that the most important thing in the world is love and compassion. Although they have endured a hard, troubling childhood, this community provides them the opportunity to live a new, abundant life.

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I would like to serve as a volunteer there because I want to help make a difference in the lives of young children. In addition, I think the world would benefit with more communities like this one. If you watch the movie, you can imagine the differences between those children and ours. Do the children have the same hope about the future? What do you think? What can you do?

But for right now, until that completeness, we have three things to do to lead us toward that consummation: Trust steadily in God, hope unswervingly, love extravagantly. And the best of the three is love”.

(1 Corinthians 13:13, The Message (MSG) by Eugene H. Peterson)

 

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Instituto Mumbay

 

“Instituto Mumbay: el musical” es un documental que refleja la realidad educativa de los niños en Dharavi, una ciudad superpoblada de la India. Allí, una vivienda de 10 m2 puede llegar a costar hasta 50000 euros. Quizá por esto, allí mismo se ubica uno de los focos chabolistas más grande del planeta. En esta ciudad, permanece el Instituto Mumbay, en donde estudian muchos de los niños que viven en las chabolas.

Este documental, retransmitido en la Noche temática de la 2, merece la pena verlo con el fin de reflexionar sobre la influencia positiva de la educación en la sociedad.

Uno de los aspectos que más me llamó la atención fue la claridad con la que los protagonistas de la historia presentan sus sueños, qué es aquello que quieren ser de mayor.
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Mary vive en la calle, quiere ser futbolista, por eso le dedica mucho tiempo al deporte; pero lo que más le gusta a su madre es que esté recibiendo una educación “buena” porque así, dice, “irá con la cabeza alta y podrá mirar a la gente a los ojos”. Después de haber visto como destruían su chabola en trece ocasiones, sueña también con una casa estable que no se mueva ni se caiga sino que permanezca para siempre. “Todos tenemos sueños sobre lo que queremos ser”, concluye.

Raj es un buen alumno aunque demasiado enérgico. Vive con 5 personas más en su casa. Su madre perdió la vida, y ahora sus hermanos y él viven con su madrastra. Por  motivos de trabajo, solo tratan con su padre una vez al mes. La hermana de Raj sueña con encontrarse con su madre, quien murió hace años. La tragedia golpeó a la familia dejando graves secuelas que no desaparecen solo con el paso del tiempo: “si mi madre estuviera aquí, todos seríamos felices”.

Ashish tiene 12 años, es el delegado de su clase y de mayor quiere ser médico. Tiene claro que tendrá que esforzarse al máximo para conseguir su objetivo.

Iffat es una chica brillante, su padre es profesor de matemáticas, por lo que pueden vivir un poco mejor que el resto. Aún así, la grave enfermedad que padece su hermana pequeña hace que la mayoría del dinero se vaya en medicamentos. Será difícil que cambien a una ciudad menos pobre.

IMG_6509Por la mañana, antes de entrar a clase, los alumnos proclaman al unísono su credo escolar: “todos los indios son mis hermanos, amo a los profesores y a mí país…”. Ellos saben que la educación no es gratis. Estudian porque el colegio les da una beca, pero corren el riesgo de perderla si no dan la talla. Saben que si dejan pasar este tren, posiblemente no vuelva otro.

Cada mañana, se desmayan 5 o 6 alumnos porque la noche anterior no cenaron. Con el estómago vacío, funciona muy mal el cerebro; pero ni el hambre ni la pobreza pueden con estos alumnos soñadores que tumban su colchón al lado de la carretera. Apenas poseen recursos, tampoco agua potable, pero cuidan su uniforme y siempre van aseados.

Los sueños no tienen fronteras,
llegan hasta lugares recónditos del planeta
para germinar en mentes golpeadas por el destino.

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La comodidad apoltrona y debilita. La dificultad fortalece las neuronas y despierta la ilusión por salir del problema. Estos niños tienen muy claro lo que quieren, pero también lo que no. No hace falta recordárselo varias veces ni estar detrás de ellos. De momento vuelan bajo porque occidente les corta las alas. Los profesores saben que lo tienen difícil, pero no serán ellos quienes arranquen de cuajo la raíz de sus sueños. En Dharavi, la educación sigue siendo la clave para salir adelante.

A principios del siglo XX, tras la crisis del 1898, dos tercios de la población española era analfabeta. Giner de los Ríos (1839-1915) creó la Institución Libre de Enseñanza y, con ella, las misiones pedagógicas. En ellas, profesores y estudiantes visitaban los pueblos para hacerles llegar la cultura a través de la lectura, el canto y el teatro. La formación educativa ha llegado desde entonces a todas las clases sociales. El índice de analfabetismo se ha reducido casi en su totalidad. Sin embargo, la escuela actual, la institución educativa por excelencia al alcance de todos, está dormida pero no sueña. Padece narcolepsia virtual crónica. Menos libros de texto (que pesan mucho) y más tablets. Los primeros doblegan la espalda, los segundos la percepción de la realidad.

La educación en occidente está de vuelta, tanto, que lo mismo se pasa de rosca. Recuperemos el ejercicio de la lectura y la reflexión.

Que los jóvenes vuelvan a escribir poesía, al menos una vez en el poema de su vida.
Que los valores del esfuerzo y el trabajo diario no tengan que ser impuestos sino voluntarios.
Que nuestros sueños sean lo que no podemos comprar.  

Ligeros de equipaje

“Y cuando llegue el día del último viaje,

y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,

me encontraréis a bordo ligero de equipaje,

casi desnudo, como los hijos de la mar”.

(“Retrato”, A. MACHADO)

A lo largo de su vida, Antonio Machado se vio obligado a recorrer España de arriba abajo por diversas y difíciles circunstancias. Él sabía muy bien lo que era salir corriendo solo con una maleta en la mano. Atrás quedaba lo que ya había “ganado”. Estaba seguro de que terminaría sus días como de hecho los terminó, prácticamente sin nada: “Y cuando llegue el día del último viaje, y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, me encontraréis a bordo ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar”.

Sin embargo, ¿qué sería de nuestra cultura sin su legado? Hoy podríamos darle gracias y decirle que su barco no naufragó, que continúa embistiendo contra las olas del consumismo, la apatía del intelecto actual, el conformismo que todo lo relativiza y el desprecio de la oportunidad para aprender.

Antonio, tu nave llega a puerto cada nuevo curso escolar, pero solo algunos se subirán a bordo, ya son pocos los hijos de la mar.

El nido de tus sueños

“Piensa el sentimiento, siente el pensamiento.

Que tus cantos tengan nidos en la tierra,

y que cuando en vuelo a los cielos suban

tras las nubes no se pierdan”.

(Credo poético, UNAMUNO)

De alguna manera debería haber un equilibrio entre lo que pensamos y lo que sentimos. ¿De qué sirve pensar mucho sin sentir nada, o sentirlo todo sin pensar?

Unamuno está criticando algunos de los paradigmas modernistas poéticos, como el de dejarse llevar por las emociones para escapar de la realidad crítica que vivía España a inicios del siglo XX.

Como siempre, guardar el equilibrio es lo más difícil. Hoy en día se vende muy fácilmente a la nueva generación: “sueña para ser lo que te propongas”. Creo que Unamuno haría un matiz: “sueña, sí, pero con los pies en la tierra: “que tus cantos tengan nidos en la tierra”. Soñar requiere de ambos: pensamiento y sentimiento.

No nos engañemos, aquellos que cumplen sus sueños, no los pierden nunca de vista, los tienen cerquita, bien presentes. El reto no es soñar sino cumplir el sueño.

Lo quiero para ayer

road-66776_960_720El mal de la prisa se apodera de las ciudades, pero los urbanitas no nos damos cuenta hasta que salimos a un pueblo, por ahí perdido, en donde no te atienden a la primera. Tú quieres un café, te apoyas en la barra mientras el camarero, sin levantar la mirada, sigue a lo suyo. Carraspeas y con la excusa de coger el periódico te acercas a él, pero lo único que consigues es decepcionarte de nuevo: la prensa es de ayer. Sigue “pasando” de ti. Le miras fijamente. Te mosqueas. Solo te falta escarbar con el pie en el suelo, como un Vitorino antes de embestir contra el burladero de la barra. Capotazos por aquí y por allí, mas que en un día de feria en Las Ventas.

Si te ha ocurrido, sabes de lo que te hablo: es el mal de la ciudad, el “lo quiero para ayer”; la enfermedad del urbanita, un virus del que cuesta desintoxicarse. Volvamos al bar. No es que el buen hombre no te hiciera caso, es que allí ese virus no existe. Uno empieza algo y lo acaba. El mundo rueda y sigue su curso, te quedes tú o no sin tomar café. Te has sentido ignorado solo porque no te preguntó qué deseabas según entrabas por la puerta. Nada, tranquilo. No tiene nada contra ti ni contra tu manera de ver la vida. Pero si le dejas te lo explica:

coffee-206142_960_720.jpg-Usted ha sido víctima de algún “cagaprisas”.  

-¿Eh? ¿Cómo dice? -respondes perplejo-.

-Sí, hombre -vuelve a la carga y repite esta vez con tono más fuerte-, un “ca(r)gaprisas”, alguien que le ha engañado y le ha hecho creer que usted es la excepción a toda una humanidad que ha sobrevivido sin móvil hasta el siglo XX… y sin prisas -añade después.

-Yo solo quería un café -susurras.

-Ahí está la clave -responde-. Usted quería un café, ¿y lo que yo quiero qué?

-Hombre -le cortas-, pero usted está aquí para servirme. Yo soy el cliente y usted el camarero, el que me atiende.

-Faltaría más, pero antes que camarero yo, y usted cliente, somos personas. ¿Acaso no le he dado los buenos días cuando ha entrado por la puerta?

-Sí.

-¿Entonces? Espere su turno, hombre. Espere, que no se va a quedar sin atender. ¿O quién le va a poner el café? Pues, yo. ¿Qué pasa, que tiene mucha prisa?

-Pues, la verdad es que no. Estoy de vacaciones.

-Lo sabía. Si es que… el mundo está acelerado.

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Nos cuesta esperar. Lo queremos todo “a pedir de boca”, aquí y ahora, sin que nada ni nadie se interponga en nuestro camino; y si lo logramos sin esfuerzo, mejor, roza ya la perfección. El colmo es no querer ni hablar, se sueña con que te lean el pensamiento, así no hay ni que pedir.

Yo soy más de esperar (el turno) cuando pido (la ayuda). Cada vez me gusta menos ese afán por lo inmediato. Este término viene del latín immediatus, y está formado por el prefijo “im” -que significa “sin”- y el término “medius” -que significa “lo que está en el medio”. En conjunto, podría traducirse por “sin nada en medio”, “sin intermediario”, sin nada ni nadie que medie o intervenga. La inmediatez promueve el individualismo: los intereses de la persona por encima de los de la colectividad. Esto está de moda: es la filosofía del “¿qué deseas, qué quieres, qué te apetece? No importa si tus padres, tu cónyuge, tus profesores, tus compañeros o tus amigos están de acuerdo o no; lo importante es que nadie se te ponga por medio”. Para éstos, la vida es frenesí, se pasa inmediatamente.

Sin embargo, hay otro modelo, el de la autonomía. Nos da la capacidad de establecer reglas y normas de conducta para relacionarnos con los demás sin quitárnoslos de un plumazo. Por eso, no somos cien por cien autónomos desde que nacemos. Vamos creciendo y aprendiendo de la mano de nuestros padres, profesores y compañeros hasta el momento en que nos manejamos mejor, entonces, nos soltamos no para no depender de nadie sino para tender la mano que nos queda libre, porque con la otra otra seguimos avanzando, trabajando y aprendiendo.

town-sign-1865304_960_720El mal de la prisa acelera la vida y la transforma en un objeto, en una mercancía barata con la que negociar; industrializa a la persona, la etiqueta y “la ama” mientras tenga garantía. El urbanita huye del compromiso y de la fidelidad porque va siempre en busca del chollo perdido.

El mal de la prisa se propaga por el sistema educativo a través de las estadísticas manipuladas. Los aprobados se pueden comprar, incluso la información, pero el deseo de aprender no, y el conocimiento tampoco. Estudiar todos los días cuesta, enseñar bien partiendo de la diversidad  y necesidades del alumnado también cuesta, pero los temarios no se reducen porque los protagonistas no son ni el profesor ni el alumno sino un currículo que forma en competencias para competir. El urbanita no lee porque hay que parar, sentarse y pensar. El urbanita no deja de correr sin saber hacia dónde va, hasta que sale de la ciudad, llega a una aldea remota y pide un café.

Arrogancia, ocio y saturacion

El arrogante no ruega, al ocioso todo le aburre y al saciado todo le satura. Tres grandes males que se aprecian en cualquier ámbito de una sociedad consumista: arrogancia, ociosidad y saturación.

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La persona arrogante, no pregunta, se apropia directamente de lo que desea. Pedir favores ya no está de moda, impera exigir. Reconocer que necesito ayuda está obsoleto porque según los patrones actuales da sensación de debilidad: ¡qué pena! Niños que no levantan medio metro del suelo, pero ya saben imponer: “¡quiero esto, ahora!”. Atrás quedó el “por favor” y las “gracias”. La arrogancia no disminuye con el paso de los años.
Cuidado con los arrogantes. Parten de una posición exagerada por ellos mismos y nos reclaman algo que en realidad no les pertenece.

El ocioso, segundo gran problema. Muchos de los que se casaron en la primera mitad del siglo XX no tuvieron luna de miel. Se casaban un día como hoy y mañana a “currar”, “a sacar a la familia adelante”. Cualquiera se despistaba, llevaban trabajando desde que eran niños, conocían las labores duras del campo… ¿Ocio? Esa palabra no existía. Se trabajaba de lunes a domingo. El ocio, en su justa medida, nos enriquece, nos da descanso, pero cuando se hace del mismo el centro de nuestra existencia, nos empobrece porque no hemos nacido solo para ir al cine, ver series, jugar a la play, o viajar… Cada uno tenemos algo grande e importante que aportar en medio de una rutina diaria llamada trabajo. Una vida ociosa es superficial, está vacía de lo que de verdad importa, nos aleja de nuestro propósito principal.

La saturación. Tercer “problemón”. De estar saciados a estar saturados hay solo unos pasos. Tengo hambre, luego como. Bien. Tengo hambre, como y sigo comiendo aunque no tenga hambre: mal. Cuando la comida no sacia, una de dos, o no comemos lo suficiente o estamos hartos de otras cosas que no son alimentos. Los excesos saturan, y la saturación nos apaga. Quítate el café de la mañana y verás cuánto lo echas de menos. No haces otra cosa que pensar, me tengo que tomar un café. Tómate tres seguidos cada día y acabarás aborreciéndolos. El tema da para largo, pero no quiero saturar.

Arrogancia, ociosidad y saturación: tres problemas que todos enfrentamos.