Ligeros de equipaje

“Y cuando llegue el día del último viaje,

y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,

me encontraréis a bordo ligero de equipaje,

casi desnudo, como los hijos de la mar”.

(“Retrato”, A. MACHADO)

A lo largo de su vida, Antonio Machado se vio obligado a recorrer España de arriba abajo por diversas y difíciles circunstancias. Él sabía muy bien lo que era salir corriendo solo con una maleta en la mano. Atrás quedaba lo que ya había “ganado”. Estaba seguro de que terminaría sus días como de hecho los terminó, prácticamente sin nada: “Y cuando llegue el día del último viaje, y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, me encontraréis a bordo ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar”.

Sin embargo, ¿qué sería de nuestra cultura sin su legado? Hoy podríamos darle gracias y decirle que su barco no naufragó, que continúa embistiendo contra las olas del consumismo, la apatía del intelecto actual, el conformismo que todo lo relativiza y el desprecio de la oportunidad para aprender.

Antonio, tu nave llega a puerto cada nuevo curso escolar, pero solo algunos se subirán a bordo, ya son pocos los hijos de la mar.

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El nido de tus sueños

“Piensa el sentimiento, siente el pensamiento.

Que tus cantos tengan nidos en la tierra,

y que cuando en vuelo a los cielos suban

tras las nubes no se pierdan”.

(Credo poético, UNAMUNO)

De alguna manera debería haber un equilibrio entre lo que pensamos y lo que sentimos. ¿De qué sirve pensar mucho sin sentir nada, o sentirlo todo sin pensar?

Unamuno está criticando algunos de los paradigmas modernistas poéticos, como el de dejarse llevar por las emociones para escapar de la realidad crítica que vivía España a inicios del siglo XX.

Como siempre, guardar el equilibrio es lo más difícil. Hoy en día se vende muy fácilmente a la nueva generación: “sueña para ser lo que te propongas”. Creo que Unamuno haría un matiz: “sueña, sí, pero con los pies en la tierra: “que tus cantos tengan nidos en la tierra”. Soñar requiere de ambos: pensamiento y sentimiento.

No nos engañemos, aquellos que cumplen sus sueños, no los pierden nunca de vista, los tienen cerquita, bien presentes. El reto no es soñar sino cumplir el sueño.

Lo quiero para ayer

road-66776_960_720El mal de la prisa se apodera de las ciudades, pero los urbanitas no nos damos cuenta hasta que salimos a un pueblo, por ahí perdido, en donde no te atienden a la primera. Tú quieres un café, te apoyas en la barra mientras el camarero, sin levantar la mirada, sigue a lo suyo. Carraspeas y con la excusa de coger el periódico te acercas a él, pero lo único que consigues es decepcionarte de nuevo: la prensa es de ayer. Sigue “pasando” de ti. Le miras fijamente. Te mosqueas. Solo te falta escarbar con el pie en el suelo, como un Vitorino antes de embestir contra el burladero de la barra. Capotazos por aquí y por allí, mas que en un día de feria en Las Ventas.

Si te ha ocurrido, sabes de lo que te hablo: es el mal de la ciudad, el “lo quiero para ayer”; la enfermedad del urbanita, un virus del que cuesta desintoxicarse. Volvamos al bar. No es que el buen hombre no te hiciera caso, es que allí ese virus no existe. Uno empieza algo y lo acaba. El mundo rueda y sigue su curso, te quedes tú o no sin tomar café. Te has sentido ignorado solo porque no te preguntó qué deseabas según entrabas por la puerta. Nada, tranquilo. No tiene nada contra ti ni contra tu manera de ver la vida. Pero si le dejas te lo explica:

coffee-206142_960_720.jpg-Usted ha sido víctima de algún “cagaprisas”.  

-¿Eh? ¿Cómo dice? -respondes perplejo-.

-Sí, hombre -vuelve a la carga y repite esta vez con tono más fuerte-, un “ca(r)gaprisas”, alguien que le ha engañado y le ha hecho creer que usted es la excepción a toda una humanidad que ha sobrevivido sin móvil hasta el siglo XX… y sin prisas -añade después.

-Yo solo quería un café -susurras.

-Ahí está la clave -responde-. Usted quería un café, ¿y lo que yo quiero qué?

-Hombre -le cortas-, pero usted está aquí para servirme. Yo soy el cliente y usted el camarero, el que me atiende.

-Faltaría más, pero antes que camarero yo, y usted cliente, somos personas. ¿Acaso no le he dado los buenos días cuando ha entrado por la puerta?

-Sí.

-¿Entonces? Espere su turno, hombre. Espere, que no se va a quedar sin atender. ¿O quién le va a poner el café? Pues, yo. ¿Qué pasa, que tiene mucha prisa?

-Pues, la verdad es que no. Estoy de vacaciones.

-Lo sabía. Si es que… el mundo está acelerado.

prisa

Nos cuesta esperar. Lo queremos todo “a pedir de boca”, aquí y ahora, sin que nada ni nadie se interponga en nuestro camino; y si lo logramos sin esfuerzo, mejor, roza ya la perfección. El colmo es no querer ni hablar, se sueña con que te lean el pensamiento, así no hay ni que pedir.

Yo soy más de esperar (el turno) cuando pido (la ayuda). Cada vez me gusta menos ese afán por lo inmediato. Este término viene del latín immediatus, y está formado por el prefijo “im” -que significa “sin”- y el término “medius” -que significa “lo que está en el medio”. En conjunto, podría traducirse por “sin nada en medio”, “sin intermediario”, sin nada ni nadie que medie o intervenga. La inmediatez promueve el individualismo: los intereses de la persona por encima de los de la colectividad. Esto está de moda: es la filosofía del “¿qué deseas, qué quieres, qué te apetece? No importa si tus padres, tu cónyuge, tus profesores, tus compañeros o tus amigos están de acuerdo o no; lo importante es que nadie se te ponga por medio”. Para éstos, la vida es frenesí, se pasa inmediatamente.

Sin embargo, hay otro modelo, el de la autonomía. Nos da la capacidad de establecer reglas y normas de conducta para relacionarnos con los demás sin quitárnoslos de un plumazo. Por eso, no somos cien por cien autónomos desde que nacemos. Vamos creciendo y aprendiendo de la mano de nuestros padres, profesores y compañeros hasta el momento en que nos manejamos mejor, entonces, nos soltamos no para no depender de nadie sino para tender la mano que nos queda libre, porque con la otra otra seguimos avanzando, trabajando y aprendiendo.

town-sign-1865304_960_720El mal de la prisa acelera la vida y la transforma en un objeto, en una mercancía barata con la que negociar; industrializa a la persona, la etiqueta y “la ama” mientras tenga garantía. El urbanita huye del compromiso y de la fidelidad porque va siempre en busca del chollo perdido.

El mal de la prisa se propaga por el sistema educativo a través de las estadísticas manipuladas. Los aprobados se pueden comprar, incluso la información, pero el deseo de aprender no, y el conocimiento tampoco. Estudiar todos los días cuesta, enseñar bien partiendo de la diversidad  y necesidades del alumnado también cuesta, pero los temarios no se reducen porque los protagonistas no son ni el profesor ni el alumno sino un currículo que forma en competencias para competir. El urbanita no lee porque hay que parar, sentarse y pensar. El urbanita no deja de correr sin saber hacia dónde va, hasta que sale de la ciudad, llega a una aldea remota y pide un café.

Arrogancia, ocio y saturacion

El arrogante no ruega, al ocioso todo le aburre y al saciado todo le satura. Tres grandes males que se aprecian en cualquier ámbito de una sociedad consumista: arrogancia, ociosidad y saturación.

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La persona arrogante, no pregunta, se apropia directamente de lo que desea. Pedir favores ya no está de moda, impera exigir. Reconocer que necesito ayuda está obsoleto porque según los patrones actuales da sensación de debilidad: ¡qué pena! Niños que no levantan medio metro del suelo, pero ya saben imponer: “¡quiero esto, ahora!”. Atrás quedó el “por favor” y las “gracias”. La arrogancia no disminuye con el paso de los años.
Cuidado con los arrogantes. Parten de una posición exagerada por ellos mismos y nos reclaman algo que en realidad no les pertenece.

El ocioso, segundo gran problema. Muchos de los que se casaron en la primera mitad del siglo XX no tuvieron luna de miel. Se casaban un día como hoy y mañana a “currar”, “a sacar a la familia adelante”. Cualquiera se despistaba, llevaban trabajando desde que eran niños, conocían las labores duras del campo… ¿Ocio? Esa palabra no existía. Se trabajaba de lunes a domingo. El ocio, en su justa medida, nos enriquece, nos da descanso, pero cuando se hace del mismo el centro de nuestra existencia, nos empobrece porque no hemos nacido solo para ir al cine, ver series, jugar a la play, o viajar… Cada uno tenemos algo grande e importante que aportar en medio de una rutina diaria llamada trabajo. Una vida ociosa es superficial, está vacía de lo que de verdad importa, nos aleja de nuestro propósito principal.

La saturación. Tercer “problemón”. De estar saciados a estar saturados hay solo unos pasos. Tengo hambre, luego como. Bien. Tengo hambre, como y sigo comiendo aunque no tenga hambre: mal. Cuando la comida no sacia, una de dos, o no comemos lo suficiente o estamos hartos de otras cosas que no son alimentos. Los excesos saturan, y la saturación nos apaga. Quítate el café de la mañana y verás cuánto lo echas de menos. No haces otra cosa que pensar, me tengo que tomar un café. Tómate tres seguidos cada día y acabarás aborreciéndolos. El tema da para largo, pero no quiero saturar.

Arrogancia, ociosidad y saturación: tres problemas que todos enfrentamos.

Diligentes

Una persona diligente no se precipita sino que planifica con cuidado aquello que va a hacer. Sabe, por lo tanto, separar lo que no vale para escoger lo que sí es útil.

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Los buenos docentes son diligentes, no abusan de los contenidos académicos porque saben que estos aburren al alumnado.

La diligencia es lo opuesto a la pereza. La persona diligente pone empeño en lo que hace porque lo hace con amor, y el amor siempre parte de la necesidad del prójimo. Los buenos docentes parten de las necesidades del alumno para enseñarles el currículo académico. El marco que propone este no debería ser una soga que estrangulara la atención necesaria que cada alumno requiere. Trabajamos, codo a codo, con personas, no con robots a los que podamos programar a nuestro antojo.

El docente diligente se dedica con pasión a su materia y a sus alumnos. Cuando esta pasión desaparece hay que revisar en qué parte del camino nos hemos salido de la ruta y hemos perdido el objetivo hacia el que nos dirigíamos.

El docente diligente no se precipita, no selecciona por capricho lo que enseña. Tampoco cómo va a tratar a las personas con las que trabaja cada día, profesores y alumnos.

El buen docente quiere que sus alumnos sean diligentes, como él.

El problema del matrimonio infantil

prison-162885_960_720El matrimonio infantil sigue siendo un gran problema en todo el mundo. Especialmente en África Occidental y Central,  y en Asia Meridional, según datos de la ONG Plan International. Cada dos segundos una niña es obligada a casarse. Si esta tendencia continúa, se espera que para el año 2020, más de 140 millones de niñas se vean afectadas.

En España, el 23 de julio de 2015 entró en vigor la Ley de Jurisdicción Voluntaria. A partir de la misma, se eleva el mínimo de edad para poder casarse a los 16 años; además, como informa El País, elimina la posibilidad de que un juez autorice a hacerlo a aquellos que hayan cumplido los 14 años, como permitía la anterior versión.

Aunque en nuestro país la tendencia va en descenso, desgraciadamente, desde 1975, se han casado 28.690 niños y niñas, según los datos del Instituto Nacional de Estadística. El mayor número se registró en 1979, con 2.837 uniones de este tipo (2.763 eran niñas). Sin embargo, en los últimos 14 años, solo 365 menores de 16 años se han casado. Con la actual ley, nuestro país se equipara a Europa.

madrid_calle_de_moratin_001Uno de nuestros principales literatos del siglo XVIII, Leandro Fernández de Moratín, ya abordó este problema en su obra teatral El sí de las niñas. En ella critica los casamientos por conveniencia: el dinero no es motivo suficiente para contraer matrimonio. Además, cuestiona los matrimonios desiguales entre una mujer joven y un hombre tan mayor. Por último, el autor se opone al abuso de autoridad que ejercen los padres sobre sus hijos. La finalidad de Moratín es instruir al espectador y recordar la importancia del uso de la razón incluso en el amor.  Todo esto ha contribuido a que El sí de las niñas sea una obra relevante aun en nuestros días. La valiente controversia que Moratín planteó al público de su época parece hoy menos importante en Europa; sin embargo, como vemos, todavía existen muchos lugares y culturas en el mundo en donde este autor ilustrado sería visto como irreverente y desafiante.

No es fácil legislar. Hasta hace bien poco, nuestra  ley española permitía a un menor con 13 años tener relaciones sexuales. En la actualidad, tras una reforma del Código Penal, se eleva la edad mínima de los 13 hasta los 16 años. Nuestro país tenía el límite más bajo de la Unión Europea.

25528__155_m_1.jpgEl matrimonio infantil es una clara violación de los derechos humanos aunque se permita en diversas regiones del mundo, especialmente en las más desfavorecidas. En el plano mundial, en los países en desarrollo (sin incluir a China), alrededor de una de cada tres mujeres jóvenes (aproximadamente 70 millones) entre 20 y 24 años de edad contrajo matrimonio antes de cumplir 18 años.

La multiculturalidad  que se da en Europa conlleva mucho trabajo a la hora de regular las costumbres étnicas y religiosas que vienen de fuera. Éstas son comunes para los extranjeros en sus países de origen pero no así en el nuestro. Recientemente leía que el Gobierno alemán propone multar a los imanes que casen a menores. Las tradiciones pesan mucho, quizás demasiado cuando se mezclan con creencias religiosas. La dignidad y la libertad de la persona debería ser lo primero, cuanto más si encima hablamos de menores.