Lo quiero para ayer

road-66776_960_720El mal de la prisa se apodera de las ciudades, pero los urbanitas no nos damos cuenta hasta que salimos a un pueblo, por ahí perdido, en donde no te atienden a la primera. Tú quieres un café, te apoyas en la barra mientras el camarero, sin levantar la mirada, sigue a lo suyo. Carraspeas y con la excusa de coger el periódico te acercas a él, pero lo único que consigues es decepcionarte de nuevo: la prensa es de ayer. Sigue “pasando” de ti. Le miras fijamente. Te mosqueas. Solo te falta escarbar con el pie en el suelo, como un Vitorino antes de embestir contra el burladero de la barra. Capotazos por aquí y por allí, mas que en un día de feria en Las Ventas.

Si te ha ocurrido, sabes de lo que te hablo: es el mal de la ciudad, el “lo quiero para ayer”; la enfermedad del urbanita, un virus del que cuesta desintoxicarse. Volvamos al bar. No es que el buen hombre no te hiciera caso, es que allí ese virus no existe. Uno empieza algo y lo acaba. El mundo rueda y sigue su curso, te quedes tú o no sin tomar café. Te has sentido ignorado solo porque no te preguntó qué deseabas según entrabas por la puerta. Nada, tranquilo. No tiene nada contra ti ni contra tu manera de ver la vida. Pero si le dejas te lo explica:

coffee-206142_960_720.jpg-Usted ha sido víctima de algún “cagaprisas”.  

-¿Eh? ¿Cómo dice? -respondes perplejo-.

-Sí, hombre -vuelve a la carga y repite esta vez con tono más fuerte-, un “ca(r)gaprisas”, alguien que le ha engañado y le ha hecho creer que usted es la excepción a toda una humanidad que ha sobrevivido sin móvil hasta el siglo XX… y sin prisas -añade después.

-Yo solo quería un café -susurras.

-Ahí está la clave -responde-. Usted quería un café, ¿y lo que yo quiero qué?

-Hombre -le cortas-, pero usted está aquí para servirme. Yo soy el cliente y usted el camarero, el que me atiende.

-Faltaría más, pero antes que camarero yo, y usted cliente, somos personas. ¿Acaso no le he dado los buenos días cuando ha entrado por la puerta?

-Sí.

-¿Entonces? Espere su turno, hombre. Espere, que no se va a quedar sin atender. ¿O quién le va a poner el café? Pues, yo. ¿Qué pasa, que tiene mucha prisa?

-Pues, la verdad es que no. Estoy de vacaciones.

-Lo sabía. Si es que… el mundo está acelerado.

prisa

Nos cuesta esperar. Lo queremos todo “a pedir de boca”, aquí y ahora, sin que nada ni nadie se interponga en nuestro camino; y si lo logramos sin esfuerzo, mejor, roza ya la perfección. El colmo es no querer ni hablar, se sueña con que te lean el pensamiento, así no hay ni que pedir.

Yo soy más de esperar (el turno) cuando pido (la ayuda). Cada vez me gusta menos ese afán por lo inmediato. Este término viene del latín immediatus, y está formado por el prefijo “im” -que significa “sin”- y el término “medius” -que significa “lo que está en el medio”. En conjunto, podría traducirse por “sin nada en medio”, “sin intermediario”, sin nada ni nadie que medie o intervenga. La inmediatez promueve el individualismo: los intereses de la persona por encima de los de la colectividad. Esto está de moda: es la filosofía del “¿qué deseas, qué quieres, qué te apetece? No importa si tus padres, tu cónyuge, tus profesores, tus compañeros o tus amigos están de acuerdo o no; lo importante es que nadie se te ponga por medio”. Para éstos, la vida es frenesí, se pasa inmediatamente.

Sin embargo, hay otro modelo, el de la autonomía. Nos da la capacidad de establecer reglas y normas de conducta para relacionarnos con los demás sin quitárnoslos de un plumazo. Por eso, no somos cien por cien autónomos desde que nacemos. Vamos creciendo y aprendiendo de la mano de nuestros padres, profesores y compañeros hasta el momento en que nos manejamos mejor, entonces, nos soltamos no para no depender de nadie sino para tender la mano que nos queda libre, porque con la otra otra seguimos avanzando, trabajando y aprendiendo.

town-sign-1865304_960_720El mal de la prisa acelera la vida y la transforma en un objeto, en una mercancía barata con la que negociar; industrializa a la persona, la etiqueta y “la ama” mientras tenga garantía. El urbanita huye del compromiso y de la fidelidad porque va siempre en busca del chollo perdido.

El mal de la prisa se propaga por el sistema educativo a través de las estadísticas manipuladas. Los aprobados se pueden comprar, incluso la información, pero el deseo de aprender no, y el conocimiento tampoco. Estudiar todos los días cuesta, enseñar bien partiendo de la diversidad  y necesidades del alumnado también cuesta, pero los temarios no se reducen porque los protagonistas no son ni el profesor ni el alumno sino un currículo que forma en competencias para competir. El urbanita no lee porque hay que parar, sentarse y pensar. El urbanita no deja de correr sin saber hacia dónde va, hasta que sale de la ciudad, llega a una aldea remota y pide un café.

Diligentes

Una persona diligente no se precipita sino que planifica con cuidado aquello que va a hacer. Sabe, por lo tanto, separar lo que no vale para escoger lo que sí es útil.

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Los buenos docentes son diligentes, no abusan de los contenidos académicos porque saben que estos aburren al alumnado.

La diligencia es lo opuesto a la pereza. La persona diligente pone empeño en lo que hace porque lo hace con amor, y el amor siempre parte de la necesidad del prójimo. Los buenos docentes parten de las necesidades del alumno para enseñarles el currículo académico. El marco que propone este no debería ser una soga que estrangulara la atención necesaria que cada alumno requiere. Trabajamos, codo a codo, con personas, no con robots a los que podamos programar a nuestro antojo.

El docente diligente se dedica con pasión a su materia y a sus alumnos. Cuando esta pasión desaparece hay que revisar en qué parte del camino nos hemos salido de la ruta y hemos perdido el objetivo hacia el que nos dirigíamos.

El docente diligente no se precipita, no selecciona por capricho lo que enseña. Tampoco cómo va a tratar a las personas con las que trabaja cada día, profesores y alumnos.

El buen docente quiere que sus alumnos sean diligentes, como él.

Padres brillantes

29 de abril, @Fran_SanchezG

bread-1345077_1280Érase una vez un mundo en donde el pan tenía gran valor. Y tanto era así que cada vez que una madre daba a luz, se decía que el recién nacido traía un pan debajo del brazo. Esto era símbolo de felicidad y prosperidad. El mundo se enriquecía así con la llegada de una nueva vida que sumaría a la familia porque el legado se podría pasar a la siguiente generación.

Los padres actuales nos hemos olvidado del valor del pan. Y lo que es peor, algunos han olvidado la importancia de pasar el legado. Solemos decir que el niño no sólo no trae el pan sino que tampoco el manual de instrucciones. ¡Qué difícil es ser madre o padre en la actualidad!

Tuve la oportunidad (y el gusto) de escuchar a José Antonio Luengo en una conferencia en Madrid. De todo lo que dijo aprendí mucho, pero recojo aquí solo algunas ideas que me hicieron reflexionar sobre el papel de la familia en la educación actual:

1) Estamos perdiendo la comunicación: los padres no somos mala gente, pero compramosliving-on-the-edge-844873_640 a nuestros hijos poniéndoles apartamentos en nuestra casa. Caminamos hacia un escenario en donde el mundo capital quiere organizar completamente nuestras vidas.
2) Los niños y los adolescentes pierden ante economías potentes que premian el negocio como elemento básico. Tanto tienes, tanto vales. ¿Hacia dónde vamos? ¿Debe ser la economía el principal motor de la educación?
3) Vivimos acomodados en apartamentos rodeados de tecnología: parece que la supuesta calidad de vida no lo es tanto. Si miramos objetivamente el consumo de ansiolíticos de aquí a 15 años atrás, vemos que se ha quintuplicado. En el “tercer mundo” la mitad de las personas no pueden comer; y en “el primer mundo” la mitad de las personas no pueden dormir. En la actualidad tenemos las mayores cifras en obesidad y sobrepeso infantil.
4) El problema actual de la falta de respeto como elemento básico y crucial en las relaciones sociales.

road-sign-663360_640¿Qué podemos hacer? ¿Hay solución? Luengo propone utilizar el centro educativo como motor de cambio. En este sentido:

1) Las escuelas deben convertirse en entornos en donde los padres tengan más protagonismo. ¿Quién conoce mejor a los hijos que los propios progenitores?
2) El alumnado debe ser el verdadero protagonista en el centro educativo. Esto implica que, en ocasiones, sean ellos los propios agentes del cambio, es decir, aquellos que también comunican y educan a sus compañeros de estudio.

INTIMIDAD, FRUSTRACIÓN Y ADICCIÓN: CLAVES.

Diapositiva121 ABRIL @Fran_SanchezG

Beatriz Lara es psiquiatra infantil y coordinadora de la Unidad de Salud Mental en el Hospital Nuestra Señora del Prado en Talavera de la Reina. Tuve la oportunidad de escucharla en unas conferencias en Madrid. Estos son los tres temas que más me llamaron la atención:

Respecto al primero, INTIMIDAD, resumo aquí algunas claves que ofreció:

1)      Los menores tienen que aprender en casa lo que es suyo y lo que no. ¿Qué es aquello que se desea compartir y lo que no? ¿Cuáles son los límites?

2)      Los padres somos responsables de enseñar a nuestros hijos qué es la intimidad y cómo se vive.

3)      Si no capacitamos a nuestros hijos para desenvolverse correctamente en el mundo físico,  ¿cómo lo harán bien en el virtual? Antes de la tecnología también había que enseñar intimidad.

En cuanto al tema de LA FRUSTRACIÓN, la doctora explicó que lo nuevo siempre trae girl-310476_960_720.pngincertidumbre. Los padres parecemos apremiados, Queremos o buscamos respuestas inmediatas, pero la educación es un proceso que choca contra la exigencia contemporánea de la rapidez: apretar una tecla y que esté listo. Además, nos encontramos con el problema de que muchos de nosotros somos inmigrantes digitales. Nos cuesta conectar con los gustos o intereses de nuestros hijos. ¿Sabemos trabajar en red? Normalmente, usamos las TIC como un reservorio de la información, no solemos manejar bien la multitarea, ellos sí. ¿Puede ser el juego un instrumento clave para conectar con ellos? Sí.

Los padres decidimos sobre la vida de nuestros hijos. Debemos dialogar, sí; sin embargo, no todo se puede dialogar. Desde casa, debemos enseñar lo importante que es canalizar y controlar la frustración. Esta juega un papel muy importante en el proceso educativo del niño. Es necesaria.

Por último, se abordó el tema de LA ADICCIÓN a la tecnología. Estas son algunas de las preguntas que Beatriz Lara formuló y respondió: ¿a qué debemos estar atentos los padres? Básicamente a cómo usa nuestro hijo la tecnología. ¿Hace uso de ella cuando está solo, siempre de manera aislada? ¿O también conectado con sus amigos? ¿Cuál es el fin de su uso? ¿Para qué?¿Para chatear, pasarse un nivel en un juego? ¿Los juegos en los que participa son juegos de vida o de muerte? ¿Fomentan la creatividad?  ¿Cómo le va fuera de casa? ¿Dónde anda? ¿Tiene actividades de ocio no dirigidas?

speech-1027857_960_720¿Y dentro de casa? ¿Cómo nos va?  ¿Podemos vivir sin tecnología? Busquemos el diálogo. Hablemos, no usemos la cena para regañar. Este tiempo debe ser un momento de relax. Cuidado con dejarnos llevar por el estrés acumulado a lo largo del día. Nuestro reto es hacer lo que les pedimos a ellos que hagan. Así, pues,  la cena es sagrada, no es el momento de abordar los problemas. Es mucho mejor hablar de nuestras cosas, narremos algunas de las vivencias del día, contemos nuestras historias.

Si dejamos que los móviles o tablets interfieran en este tiempo de diálogo estaremos perdiendo al menos una oportunidad diaria para fomentar el diálogo y conocernos mejor.

El problema a de la adición a las nuevas tecnologías es que son una adicción sin sustancia. ¿Cuántas veces miramos el móvil? ¿Cuál es la separación entre el mundo real y el físico? ¿Hasta dónde llega el ciberespacio?

Una clave es limitar el tiempo de uso de las nuevas tecnologías. Un ejercicio es queno-987086__180 prueben a dejar el móvil a los padres. Veremos cuánto les cuesta desprenderse del mismo.

Por otra parte, todavía no hay un adicto tipo. Por eso, nos puede alertar el tiempo de uso que se hace de las tecnologías. Es absurdo pedirle a un menor que se regule su tiempo de uso. El menor no puede definir un tiempo de juego. Sería como decirle a un recién nacido que se preparara el biberón.

Parte de nuestra labor como padres es entrenarles para que estén tiempos sin jugar o sin estar conectados.

Rompiendo las reglas

11-abril-2016 / Fran Sánchez

Rompiendo las reglas es una película que cuenta cómo se logra un equipo ganador con jugadores que han sido descartados por la mayoría de entrenadores. ¿Hacemos los docentes lo mismo o no? ¿Descartamos a los alumnos que no reúnen las mejores cualidades? ¿Cuáles son las expectativas hacia los menos capacitados?

Nadie tiene una bola de cristal. No podemos mirar a un chico y decirle “conozco tu futuro”.

Sin embargo, a veces actuamos como si supiéramos todo lo bueno o malo de los alumnos que tenemos delante. La película está basada en hechos reales. Un manager intenta que sus mejores jugadores no se marchen, pero no tiene nada que hacer cuando llega la suculenta oferta económica de los equipos grandes. Para compensar la pérdida del jugador, el manager ficha a otros más económicos que, aunque no son tan buenos, pueden lograr un resultado similar a través del trabajo en equipo. El viejo lema de “la unión hace la fuerza”. La educación actual tiene que ver mucho con esto: trabajo en equipo y aprendizaje cooperativo.

moneyball-rompiendo-las-reglas-custom-por-lolocapri-dvd.jpg¿Pueden tres jugadores “malos” sustituir a uno muy bueno? La clave es conocer no sólo los puntos fuertes o habilidades sino también las carencias. La película lo sintetiza en la siguiente afirmación: “puede que no parezcáis campeones, pero sí lo sois; así que jugad como lo que sois”. Podemos no ser buenos en todo, pero hay algo en lo que sí destacamos. Sir Ken Robinson lo llama el elemento, aquello para lo que nacimos. Olvidar esto, en el largo proceso educativo, es un gran error.

¿Cuánto cuesta animar a un joven que no quiere estudiar? Juan Vaello afirma que debemos educar desde la diversidad de capacidades (los que pueden y los que no), la diversidad de conocimiento (los que saben y los que no), la diversidad de expectativas (los que esperan y los que no), la diversidad de intereses (los que quieren y los que no) y la diversidad de la actitud (los que suman y los que restan).

Me preocupa que la obligatoriedad de los estudios, la ausencia de cultura del esfuerzo o la falsa perspectiva subjetiva de falta de capacidad convenzan a los estudiantes de que tienen poco que aportar. Tampoco me gusta que otros se crean tan buenos que huyen del trabajo en equipo. ¿Nunca necesitarán la ayuda de alguien?

Es importante conocer aquello que debemos mejorar, pero no obsesionarnos con ello hasta el punto de que nos parezca imposible superarlo. Esta escena de la película lo ejemplifica.

Nunca dejaremos de aprender. Mickey Mantle lo dijo así:

“Es increíble lo que ignoras del juego que llevas practicando toda la vida”.

El libro de Augusto Cury, “Hijos brillantes, alumnos fascinantes”, nos puede ayudar a formar un equipo ganador también con aquellos con los que no cuenta el entrenador.

¿Te apuntas?