Diligentes

Una persona diligente no se precipita sino que planifica con cuidado aquello que va a hacer. Sabe, por lo tanto, separar lo que no vale para escoger lo que sí es útil.

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Los buenos docentes son diligentes, no abusan de los contenidos académicos porque saben que estos aburren al alumnado.

La diligencia es lo opuesto a la pereza. La persona diligente pone empeño en lo que hace porque lo hace con amor, y el amor siempre parte de la necesidad del prójimo. Los buenos docentes parten de las necesidades del alumno para enseñarles el currículo académico. El marco que propone este no debería ser una soga que estrangulara la atención necesaria que cada alumno requiere. Trabajamos, codo a codo, con personas, no con robots a los que podamos programar a nuestro antojo.

El docente diligente se dedica con pasión a su materia y a sus alumnos. Cuando esta pasión desaparece hay que revisar en qué parte del camino nos hemos salido de la ruta y hemos perdido el objetivo hacia el que nos dirigíamos.

El docente diligente no se precipita, no selecciona por capricho lo que enseña. Tampoco cómo va a tratar a las personas con las que trabaja cada día, profesores y alumnos.

El buen docente quiere que sus alumnos sean diligentes, como él.